EDITORIAL DE MAYO

25 05 2012

Al llegar a la adolescencia todos sentimos el deseo de crecer.  Hasta el punto que quisiéramos ser, lo más rápido posible, adultos para tomar nuestras decisiones sin la intervención de nadie.

De hecho la infancia es la época de la extroversión inconsciente, de la alegría fácil y muchas veces del lloro inexplicable y quisiéramos pasar estos momentos con rapidez pensando que la edad adulta lo solucionará todo.  Pero, solo en la edad madura, nos damos cuenta de la importancia de la niñez y de la adolescencia. En esas etapas se delinea nuestro futuro, nuestro equilibrio, nuestra personalidad.

En la etapa de la adolescencia se siente el deseo de seguir las modas, nos negamos a oír, ver, hablar. Realmente a esa edad no es fácil ser uno mismo.  A veces resulta casi imposible. Todo nos empuja a ser como la mayoría de las personas, haciendo lo que ellas hacen, dejándonos guiar donde la sociedad y la mayoría de la gente nos quieren llevar.

Por este motivo la formación de la personalidad se hace urgente y apremiante. La fortaleza de la formación del joven consiste en ser plenamente lo que es y, hacer con pasión lo que hace, utilizando bien el tiempo, organizando la vida, realizando lo que fue planeado.

Las tensiones conllevan aflicción, ansiedad y debilitan la capacidad de lucha. Empeñarse en hacer bien las cosas significa no esperar que los demás hagan por nosotros lo que nosotros mismos podemos hacer.

El joven adolescente debe luchar siempre en contra del pesimismo, los miedos, las incomprensiones, sin retroceder, sin desanimarse en el  intento de alcanzar la meta que quiere conseguir. La alegría de la conquista de uno mismo es la recompensa para aquellos que perseveran hasta el fin.

El secreto del éxito está en el entusiasmo que ponemos en las cosas que realizamos. Otro secreto es tener siempre presente algo por lo cual luchar, creciendo siempre, progresando continuamente.

Para progresar tenemos un punto de partida, pero nunca un punto de llegada. Es importante dar el primer paso y poner mano a la obra y nunca pensar en dar el último.

No tengan miedo! Sigan tranquilos  y confiados en sus caminos y Dios se les mostrará en todo.

Por. María Luisa Cortinovis

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